De joven tuve muchos trabajos diferentes, no pude terminar los estudios ya que éramos cinco hermanos y en casa la economía era deficiente.
Nací y crecí en Chimbote al igual que mi descendencia, viví con mis padres hasta los 21 años que me casé.
Había veces que trabajaba llevando cargas a los mercados y siempre pensaba con poder llegar a tener algún trabajo similar para poder salir adelante.
Tenía una novia desde el colegio, la dejé embarazada con 20 años y nos casamos. No fue una boda soñada, pero éramos felices.
Puse una tienda de abarrotes y poco a poco fui levantando mi negocio.
Tuve dos hijos, yo soñaba con poder darles una educación superior, pero uno de ellos, el mayor desde adolescente es muy buen comerciante.
Mi hijo menor por el contrario era más reservado, un estudiante regular, no tan bueno en matemáticas. Fue creciendo y ya en 4to. de secundaria me dijo que quería ser abogado. Claro los estudios implicaban muchos gastos y le recomendé postular a una Universidad Estatal.
No quería que sea como el resto de la familia sin estudios, sin una carrera.
Un familiar que vivía en Lima, por la zona de los Olivos aceptó hospedarlo.
La primera vez que viajamos recuerdo que compré los pasajes en la Agencia Tepsa, por el año 82, viajamos mi esposa mi hijo y yo, tratando de organizar su estada en Lima.
Días antes del examen viajó a Lima solo, recuerdo que lo acompañé al embarque, ese día no hablamos mucho, yo estaba muy emocionado, quería decirle tantas cosas, pero ya estaba todo dicho. Nos despedimos con un abrazo, yo lo apreté fuerte, sin querer soltarlo, al verlo subir al bus, no aguanté las lágrimas y tuve que irme, me quedé un buen rato en la Plaza Almirante Miguel Grau, tratando de calmar mis emociones.
El domingo a las 2am. recibimos la llamada tan esperada de mi hijo. Contestó su madre, me pareció una eternidad, hasta que ella levantó la mirada, la vi llorando y gritó que nuestro hijo había ingresado, agradecí mucho a Dios. Esa noche nadie volvió a dormir estábamos tan emocionados que se enteró todo el barrio. Me sentía tan orgulloso que se lo contaba a todo el mundo. Un hijo mío en la Universidad, el primero en la familia.
Hubiera querido que mi hijo terminara su carrera en 5 años, pero ni al año comenzaron con las huelgas por parte de los profesores y alumnos.
Muchas veces mi hijo me pedía regresar a casa al no tener clases, yo le insistía que se quedara y tratara de aprovechar estudiando. Viajaba para Navidad, para el día de la madre y las fiestas de San Pedrito. Al tiempo lo fui viendo cambiar, se fue adelgazando. Él era reservado y nunca contaba sus cosas.
Alguna de las encomiendas que enviaba con víveres por medio de la Agencia Chinchaysuyo, me las habían devuelto por no haber sido recogidas.
Un día se me ocurrió ir a visitarlo sin avisar, ya cursaba el 2do. año de carrera, llegué un miércoles, no lo encontré en casa de mi familiar, pero este último me informó que muchas veces pasaba unas semanas o un mes sin aparecer por casa. Le reclamé ¿porqué no me lo había dicho? pero solo dijo que no se quería meter en problemas.
En esos tiempos sin celular no era fácil ubicarlo y decidí ir a la Universidad. Ubique el aula de mi hijo, pero no a él, regresé a casa de mis primos, en la habitación me puse a revisar que cosas tenía, la mayoría eran libros de leyes, política, temas de su carrera. Tuve que regresar a Chimbote sin localizar a mi hijo.
A los tres días nos llamó. No me contuve por tanto dolor que pasamos su madre y yo, no aguanté gritarle y reclamarle por todo nuestro sacrificio y entrega. Él no contestó, solo al final me dijo que lo perdonara.
Le pedí que regresara a Chimbote ¿porqué si no estaba estudiando qué estaba haciendo? Le pregunté si tenía novia, si tenía trabajo, etc.
Me dijo que no volvería a Chimbote, que no le enviara dinero ni encomiendas. Dios mío! recién temí por mi hijo, no podía llegar a él, parecía que lo perdía.
Desde ese día solo llamaba una vez al mes, dejó de vivir con mis primos, solo tenía 19 años.
El año 1987, fuimos citados por un grupo de investigaciones a Lima, fue el día más difícil de mi vida. Me explicaron que mi hijo pertenecía a un grupo de ideologías radicales. Los seguían hace tiempo y en una emboscada viéndose atrapados, uno de sus compañeros disparó, motivo por el cual los agentes abrieron fuego.
Veía al agente informándonos, sentía su voz traspasándome la piel y los huesos, pero no quería entender lo que nos decía.
Volví a la realidad cuando escuché a mi esposa llorar desesperada y yo, yo sentía un dolor inmenso en el corazón, sentía rabia, asco, nauseas, no pude ni llorar.
A mi hijo me lo entregaron muerto, envuelto en un plástico negro.
Fui abrir para ver su rostro y escuché; es mejor que no lo vea, falleció hace 25 días. Esas palabras me destrozaron el corazón. Traté de contener las lágrimas pero no pude, me gire para ver a mi esposa y ella asintió con la mirada. Abrí la maldita bolsa y vi el rostro de mi querido hijo con un impacto de bala en el pómulo derecho. Mi esposa solo lo vio un segundo y se apartó desconsolada. El informe forense especificaba que tenía 11 impactos de bala. Dios mío! ¿Qué hacer? ¿a quién reclamar? ¿Qué creer? ¿a quien devolver tan duro golpe?
También nos entregaron algunas pertenencias, entre ellas su billetera la cual reconocí de seguida, entre algunos documentos tenía una foto de los cuatro; él con 11 añitos, su hermano, su madre y yo. Al reverso tenía escrito; “papá estoy muy orgulloso de ustedes, los quiero».
Mi hijo llegó a Lima ilusionado, queriendo estudiar, yo me sentí orgulloso y lo apoyé, pero a la vez me siento culpable, no me he llegado a perdonar porque en ese medio fue donde encontró su fin, hemos sufrido mucho por su perdida, ahora solo ruego que descanse en paz.
Quiero expresar mi profundo agradecimiento a los padres de este joven Chimbotano, por su confianza y apoyo hacia mi persona, para escribir parte de su historia.
Dedicado a los sueños que no se pudieron cumplir.
Foto: (Rolly – Plaza Almirante Miguel Grau, Chimbote).
